lunes, 2 de septiembre de 2013

A punto de terminar el verano.

Este verano, por culpa, o gracias a las tardanzas de los talleres, volvimos a saborear las vacaciones, el dejar pasar los días y el espacio entre el soporcillo del calor y del mucho tiempo libre. Para mí, ha sido un regreso a los libros, en un intento de huir del cibermundo, ése en el que ahora mismo estoy, que siento que nos está engullendo. Sentir el tacto del papel, pasear por los párrafos, ver cómo va llegando el final, eso, lo siento defensor del ebook, eso no lo tiene una pantalla...

Y cuando leo esas novelas inglesas de ambientes victorianos, lluviosos, de costumbres, horarios y mayordomos, y vuelvo a mi vida, durante unos días me vuelvo maniática del orden, de la servilleta bien doblada, de los horarios y la limpieza y el orden en las costumbres y me hace sentir bien. Culpa de El Cuento Número Trece, buenísima. Menos mal que se me acaba pasando.

Luego leo ciencia ficción, y vuelvo al entusiasmo juvenil por la fantasía, por indagar en las estrellas, por sentirme muy muy pequeña. Crónicas Marcianas, cómo no lo había leído antes...

Para después descubrir algo tan clásico como Vicente Blasco Ibáñez, me atrapó en sus historias. Cómo lloré con Cañas y Barro, y cómo supo describir esa sociedad falsa y afixiante en Arroz y Tartana...

Y como propósito de nuevo curso, el de hacer más caso a este pobre blog tan abandonado.